Reflexiones sobre la experiencia adictiva

“No cualquiera tiene el coraje para defender sus pasiones; para morir por ellas.”

Por: Israel Acosta.
 

A lo largo de mi vida, fui notando como en múltiples contextos, se me preparaba para “luchar” contra las adicciones, a manera de verlas como algo indeseable y reprobable para la existencia de cualquier ser humano y quienes le rodean. Sin embargo, de manera simultánea, también el entorno me mostraba que había una gran permisividad en el consumo y en ciertos momentos, es decir, una especie de “restricción a medias”.

Al decir esto, pretendo referirme a la forma en como fui notando el como es que los padres inducían a sus hijos a alcoholizarse, a fumar o a auto medicarse desde los primeros años, a veces como una forma de alivio a algún síntoma y otras veces como un ritual de integración al grupo.

Posteriormente, tomaba conciencia de que al parecer, desde niños estaba presente una doble vinculación donde se nos invitaba a conocer ciertas sustancias, pero a la vez, se nos decía que era algo malo y había que evitarlo en cantidades excedidas. Esto, sumado a que en muchas familias mexicanas, yo iba notando un patrón constante y repetido: Padres alcohólicos y consumidores de un sinfín de sustancias que pretendían que sus hijos no repitieran sus acciones a pesar de que ellos lo predicaban con el ejemplo, o peor aún, que después de mostrarles el camino de la intoxicación optarán arrepentidos de ver su fracaso como padres, por anexar a sus hijos o enviarlos a un centro de rehabilitación, sin responsabilizarse de lo que ellos sembraron desde sus primeros pasos.

Conforme fui entrando a la adolescencia, me daba cuenta que aunado a la “formación para las adicciones” recibida en muchos hogares, parecía ser que consumir era un requisito para poder socializar en diferentes grupos y contextos de la sociedad, donde aquel que no era consumidor, comenzaba a vivir con un estigma de rechazo e indiferencia por numerosos grupos, es decir, es como si hubiera una ley implícita en este momento, había que consumir para pertenecer.

No es en vano que estén tan presentes en la actualidad leyes secas, alcoholímetros y operaciones mochila en los niveles más básicos de las escuelas, ya que parece ser que la condición de consumo lejos de disminuir, incrementa, pues por más que existen campañas y publicidad “anticonsumo”, incluso desde edades más tempranas, la población sigue consumiendo y en mayores cantidades. A tal grado que esto, se convierte en alarmante para muchos, ya que, según estadísticas, el 83.3% de las muertes en varones, y el 16% de fallecimientos en mujeres en nuestro país, están relacionadas con el abuso del alcohol (Instituto de Ciencias Forenses, 2018). Por lo cual la presión social para evitar el abuso y el exceso en el consumo es cada vez más notoria.

Por consiguiente, desde la mirada existencial, observamos este fenómeno e intentamos acercarnos a mirarlo desde lo particular, pues pretendemos profundizar en la experiencia adictiva, es decir, el “como” de cada consumidor, pretendiendo comprender su mundo fenomenológico cada vez que elige consumir. Y enfatizando en lo desmesurado, comenzamos por cuestionarnos ¿Qué es excesivo? ¿Cuánto es demasiado? ¿Se puede hablar de una cantidad “adecuada” de ingesta de cualquier sustancia, sin caer en un paradigma clínico o de criterios de funcionalidad?

Si basamos la respuesta a la anterior interrogante con base a manuales médicos y/o psiquiátricos, podemos obtener de manera inmediata el argumento que subraye el excedente en el consumo, por ejemplo, mencionando el DSM 5 (2013), llegaríamos a basarnos en alguno de los siguientes ítems que indicarían un abuso y/o intoxicación por consumo de sustancias:

  1. Comportamiento problemático o cambios psicológicos clínicamente significativos que aparecen durante o poco después de la ingestión de alcohol.
  2. Uno (o más) de los signos o síntomas siguientes que aparecen durante o poco después del consumo de alcohol:
  3. Habla pastosa.
  4. Incoordinación.
  5. Marcha insegura.
  6. Nistagmo.
  7. Alteración de la atención o de la memoria.
  8. Estupor o coma.

Así como algunos de los siguientes signos de abstinencia:

  1. Hiperactividad del sistema nervioso autónomo.
  2. Incremento del temblor de las manos.
  3. Insomnio.
  4. Náuseas o vómitos.
  5. Alucinaciones o ilusiones transitorias visuales, táctiles o auditivas.
  6. Agitación psicomotora.
  7. Ansiedad.
  8. Convulsiones tonicoclónicas generalizadas.

De esta forma, podemos comprender que bajo los parámetros clínicos nos acercaríamos de manera infalible a “evaluar” de forma eficaz la condición de abuso o dependencia por consumo de sustancias de cualquier individuo, sin embargo, volviendo a la óptica existencial, donde caminamos en senderos subjetivos y experienciales, y recalcando que bajo esta perspectiva no buscamos diagnosticar ni curar la existencia de nadie, pues de inicio, la experiencia no puede enfermarse, nos encontramos con que, por consecuencia, tenemos más preguntas que respuestas.

¿Cuánto es demasiado?, ¿Qué cantidad es la apropiada consumir?, ¿Hasta qué punto se debe parar de consumir?, ¿Según quién?, eso solo lo sabe quién consume en cada experiencia, ¿Cuántas botellas de licor son necesarias para evitar aquel recuerdo de abuso sexual en la infancia?, ¿Cuántos cigarros bastan para dejar de sentir la soledad que a diario emerge en la cotidianidad? ¿Cuántos antidepresivos se requieren para expulsar la idea del suicidio que se presenta día con día?

La lista de cuestionamientos es interminable, pues infinita es como las posibilidades de la existencia misma. El mundo que cohabitamos, es un mundo que está colapsando, donde la idea de Dios, quien en algún momento prometió alivio a toda nuestra humanidad, “Dios ha muerto” (Nietzsche, 1882). Hoy, todos estamos a la espera de un nuevo salvador, alguien que nos saque de este mundo que nos produce temor y angustia, pues en realidad existe un grito de fondo, todos estamos perdidos, ni la religión, ni la ciencia, ni la sociedad estética de la superación personal han cumplido con su ideal: salvarnos.

El mundo se está hundiendo, la emergencia de que la existencia es absurda se muestra y todos luchamos por sujetarnos de donde podamos frente al abismo. Ante esta inquietante condición, una posibilidad entre otras tantas, es consumir. Es decir, como acto rebelde ante lo inevitable, aquel que consume elige no elegir, elige no querer lo que todos quieren, pues sabe que todo se derramará por una cloaca tarde o temprano, elige desconectarse de las despiadadas y afiladas manecillas del reloj que con cada susurro del “tic tac”, le gritan que su existencia se agota con cada suspiro. Así, en palabras de Albert Camus “Me rebelo, luego existimos” (Camus, 1951), el nombrado bajo los estigmas de la adicción, se rebela a su finitud y a lo que el mundo le exige y le demanda a través del consumo; y de esta forma afirma su existencia.

Enunciando a Baudelaire “Hay que estar siempre ebrio. Todo se reduce a eso; es la única cuestión. Para no sentir el horrible paso del tiempo, que os destroza los hombros doblegándolos hacia el suelo” (Baudelaire, 1862). Así, este existente que ha hecho del consumo su bandera, continua con su renuncia al mundo por medio de la embriaguez, llegando a consumir para olvidarse por un instante de que está envejeciendo y que el tiempo se le acaba, consumiendo para olvidarse del desamor que ha experimentado vaciando su corazón en relaciones liquidas, ingiriendo para rebelarse a la idea de éxito y progreso que este mundo que espera que este ser se convierta en una máquina, le impone. Consumiendo para encontrar, al menos por un momento, un sentido a lo que no lo tiene.

De esta forma, el etiquetado como “adicto”, se rebela al tiempo y a la condena de finitud que esto conlleva, así como al destino que le fue dado al nacer de “progresar” y “ser exitoso”. Esta rebelión es y será incomprendida e incluso perseguida, pues la actitud de este existente frente al mundo le pondrá al mundo su neurosis de frente de un portazo. El costo de este “crimen” por rebelarse, implicará que le condenen a un anexo, un centro de rehabilitación o a la exclusión del sistema al cual pertenezca, ya que no se le perdonará el haber elegido acabar con su existencia como le plazca. A aquellos poseídos y dominados por el yugo de la vida ética-estética, les irritará ver a alguien que destroza las cadenas de lo dicho y lo establecido.

Dentro de este “Mundo Quebrado” (Marcel, 1933) ¿los psicólogos y terapeutas podremos atrevernos a mirar las adicciones como un posible recurso de un existente que se rebela frente a un mundo que parece caerse a pedazos?
 
 
Bibliografía.

Asociación Americana de Psiquiatría (2013). Guía de consulta de los criterios diagnósticos del DSM-5. Panamericana.
Baudelaire, C. (1862). El Spleen de Paris. Fondo de Cultura Económica.
Camus, A. (1951). El Hombre Rebelde. Alianza Editorial.
Instituto de Ciencias Forenses (2018). Número y distribución porcentual de cadáveres ingresados en el INCIFO. https://www.poderjudicialcdmx.gob.mx/estadistica/incifo-3/
Marcel, G. (1933). Obras Selectas de Gabriel Marcel. Biblioteca Autores Cristianos.
Nietzsche, F. (1882). La Gaya Ciencia. Editorial Fontamara.

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